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Retrovisor 2/Rearview 2

1.100,00 Rebajado

Acrílico sobre tablero.
Acrylic on board.
80 x 65 cm.

En esta obra el punto de vista se instala en el interior del vehículo, pero más que mostrarnos un trayecto, nos introduce en una experiencia perceptiva ampliada. La paleta fría —azules profundos, turquesas y blancos eléctricos— convierte la velocidad en deslizamiento silencioso; la noche no se incendia, se expande. El automóvil no irrumpe en el espacio urbano, lo atraviesa con una fluidez casi líquida.

El retrovisor funciona como bisagra entre interior y exterior, entre lo que queda atrás y lo que irrumpe delante. No es únicamente un recurso compositivo: es un dispositivo de conciencia. Cuando conducimos, la percepción del propio cuerpo se prolonga hasta incluir el vehículo; sus límites pasan a ser, de algún modo, los nuestros. Por eso, ante un impacto, decimos instintivamente “me ha dado” y no “ha golpeado el coche”. La obra se sitúa precisamente en ese territorio psicológico donde máquina y conductor forman una sola entidad perceptiva.

Las líneas curvas de luz y los arcos que atraviesan el cielo refuerzan esa idea de extensión sensorial: no se trata solo de movimiento físico, sino de conciencia en expansión. La arquitectura aparece sugerida, nunca definida, como si el entorno fuese secundario frente al acto mismo de desplazarse. La perspectiva oblicua introduce dinamismo, pero el cromatismo frío amortigua el vértigo y lo transforma en estado de atención sostenida.

Así, la pintura oscila entre figuración y abstracción lumínica para proponer una reflexión sutil: conducir no es únicamente trasladarse, es habitar un cuerpo ampliado que se desliza por la noche. El vehículo deja de ser objeto y se convierte en prolongación del yo, mientras la luz —más que iluminar el camino— revela la frontera difusa entre identidad, espacio y movimiento.

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